DE OPINIÓN

Hackers contra inteligencia artificial

La misma tecnología que fortalece nuestras defensas está perfeccionando los ataques. En esta nueva era, la primera línea de protección no es un programa: es una persona que sabe cuándo detenerse.

La estafa ya no tiene faltas de ortografía

Por Dilcio Gabín

Hasta hace poco, reconocer una estafa digital era relativamente fácil. El correo del «banco» llegaba mal redactado, el logotipo se veía pixelado, el mensaje era genérico. Bastaba un poco de atención. Esa época terminó, y terminó rápido.

Hoy la inteligencia artificial redacta mil correos distintos en un minuto, cada uno con el nombre, el cargo y el tono correctos. Clona una voz con una muestra de pocos segundos. Produce el video de un ejecutivo autorizando un pago que nunca autorizó. Y lo hace a un costo cercano a cero. Los delincuentes no inventaron delitos nuevos: industrializaron el engaño de siempre. El objetivo es el mismo —la confianza, el miedo, la urgencia— pero la calidad del disfraz ya no deja margen para la intuición.

Las cifras lo confirman. Según el informe anual de 2025 del Centro de Denuncias de Delitos en Internet del FBI, las pérdidas reportadas superaron los 20,800 millones de dólares, un 26 % más que el año anterior. El fraude por correo empresarial comprometido —ese en el que alguien intercepta una conversación y cambia el número de cuenta en el momento justo— costó por sí solo más de 3,000 millones, con un promedio cercano a 123,000 dólares por caso. Y por primera vez el informe dedicó una sección a los delitos con nexo de inteligencia artificial: más de 22,000 denuncias en un solo año.

No hace falta ser un banco

Durante años creímos que esto era un problema de grandes corporaciones, entidades financieras y gobiernos. Esa percepción es hoy peligrosa. Una ferretería, un consultorio, una empresa constructora mediana o una familia que está a punto de transferir el inicial de su apartamento son objetivos igual de rentables y mucho más fáciles. No tienen departamento de tecnología, no tienen protocolos y, sobre todo, confían.

Y ahí está la clave del asunto. En República Dominicana hemos digitalizado la economía a una velocidad enorme: transferimos por el teléfono, cerramos negocios por WhatsApp, enviamos contratos y cédulas por mensajería. Lo hicimos bien. Pero lo hicimos sobre una cultura de confianza que es, precisamente, la materia prima de la que vive el estafador. La voz de un familiar pidiendo dinero, el correo del suplidor de siempre con una cuenta nueva, el mensaje del jefe que necesita un pago «ahora»: todo eso funciona porque nos enseñaron a responder con rapidez y sin preguntar.

La tecnología defiende, pero no decide

Sería un error presentar la inteligencia artificial solo como una amenaza. Es también la herramienta más poderosa que existe hoy para detectar accesos inusuales, reconocer patrones de fraude y responder a incidentes en segundos. Los bancos la usan. Las plataformas la usan. Estamos ante una carrera permanente entre quienes atacan y quienes defienden con la misma tecnología.

Pero ninguna herramienta sustituye el criterio humano, y la mayoría de los ataques no empieza vulnerando una computadora sino manipulando a una persona. Por eso las medidas que más protegen son las más sencillas y, en su mayoría, gratuitas: activar la verificación en dos pasos, mantener los sistemas actualizados, hacer copias de respaldo desconectadas y —esta es la más importante— establecer una regla inquebrantable: ningún dato bancario se acepta por correo ni por mensaje. Todo cambio de cuenta se confirma por teléfono, con un número que ya se tenía guardado, nunca con el que viene en el mensaje.

Suena elemental. Lo es. Y sin embargo, esa sola regla habría evitado la inmensa mayoría de los 3,000 millones de dólares perdidos el año pasado.

Una cultura, no una charla

La ciberseguridad no puede seguir siendo una conferencia ocasional ni una reacción después del daño. Tiene que volverse un hábito colectivo. Las familias deben hablar del tema en la mesa, sobre todo con los adultos mayores, que son el blanco preferido. Las empresas deben entrenar a su gente y tener un plan de respuesta: a quién llamar, qué aislar, qué evidencia guardar. Y el Estado debe seguir fortaleciendo su capacidad de investigar y de recuperar lo robado, porque cuando se denuncia rápido, una parte importante del dinero todavía se puede detener.

La inteligencia artificial va a seguir evolucionando, y con ella las amenazas. El futuro no tiene por qué encontrarnos indefensos, pero tampoco nos va a encontrar protegidos por accidente. El principal desafío de esta nueva era no es quién tiene la tecnología más poderosa, sino quién aprende a usarla con más responsabilidad. En el mundo digital, desconfiar razonablemente no es vivir con miedo. Es actuar como adulto.

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